La partida de Eduardo Galeano

Eduardo Galeano, con una libreta en la mano, repasaba con su mirada los
cientos de libros que ese 23 de abril, en la mañana, inundaban el Paseo de Gracia de Barcelona durante el Sant Jordi del 2008. En medio del gentío que, a tropezones, buscaba las últimas novedades editoriales y la firma de su autor favorito, el escritor uruguayo sacó unos minutos para conversar conmigo de su libro Espejos, una historia casi universal que acababa de salir al mercado.

 

El escritor uruguayo, un referente de la Literatura Latinoamericana. (Foto cortesía de Casa América Catalunya)

El escritor uruguayo, un referente de la Literatura Latinoamericana. (Foto cortesía de Casa América Catalunya)

Era un hombre con una mirada firme, así como sus convicciones, que aprendió a interpretar el devenir de Uruguay y Latinoamérica en sus conversaciones en los cafés de Montevideo, un escritor que dejó testimonio de su compromiso con su continente en sus numerosas narraciones que construyó a lo largo de su vida de exilios y regresos, de denuncias y huidas.

En dos oportunidades, en Uruguay y Argentina, huyó al exilio, era un elemento incómodo para los regímenes dictatoriales por sus críticas a la opresión, por reivindicar los derechos de los más desprotegidos, por alzar su voz contra la explotación del continente como cuando escribió Las venas abiertas de América Latina (1971), su libro más vendido.

Eduardo Galeano partió pero su obra y figura permanecerán en la memoria colectiva.

Eduardo Galeano dejó una numerosa obra periodística y literaria. (Foto cortesía de Casa América Catalunya)

En cualquier escenario en el mundo, hizo sentir su voz crítica contra los abusos y el poder que aplasta lo que le estorba. Y en sus libros plasmó la fuerza de su palabra, de las palabras de otros a los que él escuchaba para nutrir sus historias. “Para ser capaces de decir algo tenemos que ser capaces, antes que todo, de escuchar”, decía.

Galeano aprendió a escuchar pero también a escribir, a atrapar con sus letras sus reflexiones de lo cotidiano en el periodismo y la Literatura. Dicen que dejó un escrito preparado para después de su muerte, imagino que será una reflexión, con algo de su agudo sentido del humor, que cuestiona el mundo que nos rodea y con preguntas, tal vez como la que alguna vez hizo en su libro Espejos, al hablar de lo que pasa cuando alguien muere y su tiempo acaba: ¿Mueren también los andares, los deseares y los decires que se han llamado con su nombre en este mundo?”. En su caso, seguro que no.

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Hasta luego Gabo, ¡buen viaje!

Saludo a Gabriel García Márquez en Diario La Prensa, de Bogotá

Un momento especial, el encuentro con Gabriel García Márquez en el Diario La Prensa, de Bogotá.

Un día, a comienzos de los 90, conocí personalmente a Gabriel García Márquez. Él visitaba las instalaciones del diario La Prensa en Bogotá, una casona acogedora en el barrio Bosque Izquierdo, cercana al centro de la ciudad.

Él siempre había querido fundar un periódico y, tal vez por eso, recorrió con un gran interés cada uno de sus rincones en medio de la curiosidad de los periodistas que detuvimos nuestros trabajos en los computadores de escritorio que ya, para ese momento, habían desplazado las bien recordadas máquinas de escribir.

En un recodo de ese camino interior por la casona tuve la suerte de saludarlo. Yo, como reportero de deportes, le estreché las manos con una amplia sonrisa que disimuló mi despoblado bigote que no acababa de crecer.

Él con una americana gruesa, muy apropiada para el frío bogotano, y con una camisa sin corbata, como prefería vestirse, me saludó con su sonrisa desenfadada que desarmaba cualquier protocolo.

Gabo dejo la herencia de una amplia obra periodística y literaria.

Gabo dejó una amplia obra periodística y literaria. Un escritor genial con una obra universal. (Foto de Juan Guillermo Gaviria Riaño)

Era el encuentro con el escritor que descubrí en mi época de colegio al leer, con los ojos muy abiertos, El coronel no tiene quien le escriba. El maestro del periodismo del que aprendí muchas lecciones del oficio en las lecturas de sus reportajes y crónicas o en sus explicaciones sencillas y didácticas de que cómo redactar una información.

Cuando ganó el Nobel de Literatura en 1982 aún no había concluido mis estudios de periodismo y su premio se convirtió también en mi premio, en un estimulo, en un camino a seguir.

Gabo, como aprendimos a llamarlo siempre cariñosamente los colombianos, no sólo fue el escritor maravilloso que el mundo ahora despide con honores. Él encarnó el valor de la disciplina, del esfuerzo, del hombre que superó muchas veces, casi de milagro, las dificultades económicas alimentado por la pasión inmensa de su escritura, de la Literatura que salía de sus entrañas como su única y maravillosa razón de vivir.

Él recreó en sus libros esos mundos que parecen mágicos pero que son, en realidad, parte de la vida que lo rodeó desde niño y que aprendió a conocer y a contar en las historias que le contaban sus abuelos maternos en aquella Aracataca cálida de su infancia.

En sus libros y escritos están los trazos de su propia historia, de Colombia, de América Latina. Gabo le dio vida a estas narraciones y ellas tocaron el alma de muchas personas en el mundo entero.

Cien años de soledad lo convirtió en un escritor universal y Macondo un territorio mágico donde todo era posible como que Remedios, la bella, subiera al cielo agarrada a uno de los extremos de una sábana impulsada por el viento. Es un libro mítico pero el que permanecerá, confesó en una oportunidad Gabo, será El amor en los tiempos del cólera porque allí está reflejado cómo somos los seres humanos.

Mil y una historias para ser leídas de nuevo que nos regaló antes de partir. Hasta luego Gabo, ¡buen viaje!